Un día como voluntaria: ¡manos a la tierra, corazón en la comunidad!

Isabella Barboza se despertó temprano aquella mañana con una sensación diferente. Aunque su rutina diaria la llevaba a su trabajo como auxiliar de Talento Humano en Carboquímica, ese día su destino era otro. No se trataba de reuniones ni documentos, sino de algo más grande: donar su tiempo y energía para dejar una huella en la comunidad.

El voluntariado siempre le había llamado la atención, pero esta experiencia era distinta. No solo significaba ayudar, sino involucrarse, conectar con la realidad de otras personas y sentir en sus propias manos el impacto de una acción sencilla pero poderosa: sembrar vida.

Era la primera vez que Carboquímica, en sus 67 años de historia, realizaba una jornada de voluntariado socioambiental, y para Isabella, ser parte de este hito era un orgullo. La actividad, liderada en alianza con Colectivo TRASO a través de su red de impacto Inspiracción, tenía un propósito claro: mejorar el entorno educativo de 200 niños y niñas del Centro de Excelencia para la Primera Infancia de Pasacaballos, con la siembra de árboles frutales y ornamentales, un hito con el que Carboquímica reafirma su compromiso con la sostenibilidad ambiental. 

El primer contacto con la tierra

Al llegar al Centro, el ambiente estaba cargado de emoción. A su alrededor, 18 voluntarios de Carboquímica se alistaban con guantes y palas, listos para plantar árboles y transformar el espacio. Pero lo que más llamó la atención de Isabella fue la energía de los niños. Sus ojos brillaban de curiosidad, ansiosos por participar en la jornada.

Cuando tomó la primera planta y se preparó para sembrarla, sintió que algo especial estaba ocurriendo.

“Antes de plantar, aprendimos que había un proceso previo: preparar el terreno, contar con las herramientas adecuadas, cavar el espacio perfecto”, recuerda. Y entonces lo entendió: sembrar no es solo un acto físico, es un acto de fe.

Colocar una pequeña planta en la tierra es confiar en que crecerá, en que con el tiempo se convertirá en sombra, oxígeno y refugio. Es creer en el futuro, en que lo que se hace hoy tendrá un impacto mañana.

Los niños se acercaban emocionados. Querían tocar la tierra, ayudar, sentir que eran parte del proceso. Bajo el fuerte sol, Isabella se quedó con ellos guiándolos, explicándoles cómo cuidar las plantas, compartiendo risas mientras sus manos se llenaban de barro.

Más allá de la siembra: una jornada de aprendizaje

Para Isabella, estas actividades reflejaban el verdadero valor del voluntariado: más que plantar árboles, estaban sembrando conocimiento a través de la lectura, el desarrollo motor y los juegos STEM. Se trataba de brindarles herramientas para su crecimiento, despertar su curiosidad y demostrarles que su educación y bienestar eran una prioridad.

“Estos niños están en sus primeros años de vida y ahora podrán ver cómo las plantas crecen junto con ellos. Se inspirarán, aprenderán que el esfuerzo da frutos. Además, estamos contribuyendo con el medio ambiente, dándoles un espacio verde donde puedan descansar y soñar”.

Cuando la jornada llegó a su fin, Isabella se detuvo un momento para mirar el lugar. La tierra removida, las plantas alineadas, las huellas de los niños en el suelo. Sus manos estaban sucias, pero su corazón estaba lleno.

“Me llevo la satisfacción de haber compartido con la comunidad, de haber aprendido de los niños tanto como ellos de nosotros. A veces creemos que ser voluntario es solo donar dinero, pero se puede hacer de muchas maneras. Lo importante es salir de nuestra burbuja y darnos cuenta del impacto que podemos generar”.

Con un año en la empresa y 25 años de vida, Isabella tiene claro que su participación en este voluntariado no será la última. Sabe que hay mucho por hacer, que cada acción cuenta y que, al igual que el árbol que sembró, su compromiso con la comunidad seguirá creciendo.

“Animo a todos a que se unan. No sabemos lo que hay afuera hasta que nos damos la oportunidad de verlo y ser parte del cambio”.

Ir al contenido