La cultura es en serio

Por Francys Caballero Poveda, coordinadora de Relacionamiento de TRASO Colectivo de Transformación Social.

Fiesta, música, baile, diversión, entretenimiento, disfraces. Es común que pensar en cultura nos remita a estas referencias, pero detrás de cada una de estas manifestaciones, se tejen procesos de desarrollo humano tan trascendentales, que llevan a una imperiosa necesidad y deuda que tiene la sociedad con los procesos culturales, desde hace siglos: Es hora de tomarnos la cultura en serio.  

Injustamente frivolizada, a la cultura le debemos la trascendencia en el tiempo de legendarias civilizaciones. Es la cultura la esencia y el sentir de los pueblos, todo pasa y lo corroe el tiempo, menos a la cultura porque nace de la misma esencia del ser humano. Excluida incluso de indicadores como los Objetivos de Desarrollo del Milenio o de Desarrollo Sostenible, en el sentido de que no se contempla como un objetivo como tal, sino que ha sido considerada transversal a otros pilares resaltados como fundamentales en estas metas.  

Donde más se evidencia es en el ODS 11, tal como lo señala la Unesco: “La cultura desempeña un papel esencial en el logro del ODS 11, cuya finalidad es “lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles”. La cuarta meta de este ODS exige “redoblar los esfuerzos para proteger y salvaguardar el patrimonio cultural y natural del mundo””. Pero sigue ahí latente aquel pendiente de darle a la cultura el lugar y la importancia que amerita como un objetivo de desarrollo en sí misma.  

La cultura es una dimensión esencial para lograr el desarrollo de cualquier comunidad. Tal como mencionó el poeta senegalés Leopold Senghor, es el fin y el medio del desarrollo. La pandemia que nos confinó por dos años ocasionada por el Coronavirus, fue el contexto que permitió demostrar cómo la cultura salva y da vida al ser humano, más allá de sus dimensiones económicas, sociales, políticas o religiosas.  

Ante los efectos del aislamiento, la Organización Mundial de la Salud –OMS-  realizó un estudio sobre los nexos entre el arte, la salud y el bienestar, y la principal conclusión ha sido que tener una conexión directa con el arte y la cultura brinda un beneficio adicional de mejorar la salud física y mental1. 

 Mientras nuestro cuerpo consumía medicamentos, vitaminas y alimentos para defendernos o sanarnos del temido Covid, nuestra mente y nuestro espíritu se alimentaban y curaban a la par con esas dosis reconfortantes de cultura que las redes sociales, la televisión, la radio, los libros, las conversaciones a través de la tradición oral de ese compartir en familia, nos traían a la intimidad de nuestros hogares. Todo iba mal en el mundo, pero la cultura siempre estuvo ahí para hacernos olvidar de todo, reír, bailar, cantar y pensar en un futuro esperanzador.  

Pero del otro lado, aquella cultura que tanto nos ha dado siempre, agonizaba siempre en mora de recibir lo mucho que vale. Mientras veíamos las novelas en repetición en los canales nacionales, los actores protagonistas de las mismas se pronunciaban ante la grave situación de desempleo por la suspensión y cancelación de grabaciones, mientras escuchábamos desde el balcón al músico callejero entonar su guitarra, este padecía el tener que llegar a su casa con un par de monedas porque las calles estaban solas, eventos cancelados, toda una industria cultural en quiebra y en el mejor de los casos, sobreviviendo en un entorno virtual, desconocido e impersonal en aquel entonces. El mundo se detuvo, mas la cultura siempre estuvo ahí para alegrarnos y nunca paró.  

Ante esto, y consiente como nunca antes de la importancia de la salud mental al mismo nivel que la física, la OMS hizo una solicitud especial a los Gobiernos “en explorar el arte como apoyo para la salud, a dar un impulso a estas prácticas y a considerar el desarrollo de estrategias y políticas a largo plazo que mejoren la colaboración entre el arte y el sector de la salud que «hagan realidad las posibilidades que ofrecen las artes para mejorar la salud en el mundo» lo cual sería un «beneficio mutuo de las artes y de la asistencia sanitaria y social a escala internacional»”.  

Consientes de este llamado en el año 2020, y enfrentando muchas dificultades, en Colectivo TRASO tuvimos la decidida tarea de no permitir que la pandemia nos quitara la posibilidad de dar continuidad a una de las más posicionadas apuestas de nuestra estrategia cultural, La Estereofónica, sala de gala para baile colectivo. No queríamos que ese noviembre tan diferente a los que acostumbramos en Cartagena, lleno de goce, baile y música, pasara sin pena ni gloria debido a las medidas de aislamiento por el Covid.  Fue así como logramos llevar la edición número tres de La Estereofónica a los hogares de 350 mil personas que desde Cartagena y otros lugares del mundo se conectaron a la transmisión del evento. Imágenes de adultos mayores bailando al ritmo de El Joe Arroyo, nuestro homenajeado; cibernautas disfrazados, padres bailando con sus hijos, cartageneros radicados en el exterior sintiendo cerca a su tierra, demostraron que la cultura fue un aliciente en medio de un año doloroso y difícil para la humanidad. 

Ante esto, el llamado es a “pararle bolas a la cultura”, “a tratar la seriedad” con ella, como decimos en Cartagena. Estos dos últimos años nos demostraron que la cultura no es un gasto, es una inversión, una inversión en la salud mental, en el desarrollo de los pueblos y del ser humano, al tener en ella la oportunidad de trascender y dejar la huella de su esencia en la historia. La cultura no es pasajera, siempre trasciende, más allá de la fiesta, del baile o la “recocha” como muchos la ven, es el sentir de los pueblos, su alegría, su esperanza, y ya es hora de empezar a tomarla en serio.  

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